Antonio Cienfuegos
Antonio Cienfuegos is a short story I wrote while working on the construction of Mukul Resort at Guacalito de la Isla, Nicaragua, from 2011 to 2013. I was living at Playa Gigante at the time, a small and quiet fishermen’s village close by. I often woke up around 2 am and could not go back to sleep.
Ideas kept assaulting my head in small segments of dialogues, characters and scenes, like the time Antonio saw Mercedes for the very first time and could not understand how so much beauty could fit in one single woman.
So one day I woke my computer up (it was in Sleep Mode) and started writing down all the ideas. It took me about a year of writting and editing since, sometimes, I could actually sleep all night through.
Is it worth your time? I don’t know. Probably not.
But in case you are curious, I will leave the first chapter below. The story is in Spanish.
Muy pocos tocaron el fuego entonces.
Algunos, caminaron hacia él.
Otros, no pudieron verlo.
La última bandera, sin colores;
se quemó en mi pecho abierto.
I.
- “¿No es verdad?, ¿No es eso lo que pasó?, ¡Contésteme!”.
La sala estaba repleta. Nadie quería perderse ni la última interioridad de aquel juicio. La novedad que había estremecido hasta los tuétanos ese pueblo insípido. Modelo incompleto de una conquista española mal conquistada y peor agradecida. Ni los niños mocosos lloraban. Hasta don Jerónimo, ciego de tantos soles y sordo de tantos vientos, había llegado desde su rancho en las afueras del pueblo y se sentaba, con todo y sus noventa y cuatro años encima, en segunda fila, como si desde ahí pudiera ver o escuchar mejor.
Sobre la silla del Juez, en la pared, el reloj marcada las tres y cuarenta y dos. El segundero estaba en huelga; hacía dos años que se rehusaba a girar más. Se cansó de ganarle en cada vuelta, cada minuto, a las agujas del minutero y la hora; sin llegar a ningún lado. Pero las agujas del minutero y la hora no cuestionaban nada, sabían que para eso estaban ahí. Para dividir un tiempo infinito en pedacitos prácticos y diminutos, que solo servían para darle sentido a la vida de hombres prácticos y diminutos.
Un sopor húmedo, alimentado por aquel mar de gente con rocío, inundaba la sala de sudores amargos, salobres y alguno que otro azufre accidental. Los dos abanicos de cielo no hacían más que regresar aquel vahído que intentaba volar, a sus legítimos dueños.
El secretario de la sala (Julio creo, era su nombre) se limpiaba el sudor de la frente con su pañuelo amarillento y deshilachado de una esquina, mientras; incómodo y de mal humor, se quitaba los papeles que le se le pegaban a los antebrazos, y seguía con el piqueteo de una vieja máquina de taquigrafía Grandjean aquellos diálogos. Aquél, era el último pañuelo que le quedaba con el monograma de los apellidos de su Padre y Madre, tejidos de una sola hebra del cabello de su Madre y por sus propias manos. Una hermosa costumbre copiada años más tarde por grandes corporaciones extranjeras y sus marcas de moda.
Para su desgracia, su silla estaba de espaldas al ventanal Oeste de la sala. Los rayos del Sol lo iluminaban con una curiosidad intensa y monocromática, como un claroscuro de Goya.
- “Contésteme!”. Por un momento hubo silencio, y luego…
- “Le aseguro, señor Tobías, que nada de lo que Ud. ha dicho es verdad, o por lo menos no en el contexto que Ud. menciona”.
Esa fue la respuesta de don Jacinto Alcázar a la descripción del fiscal Tobías acerca de los eventos de aquella fatídica noche en que murió (porque sí murió) don Carlos Montalván; eminente doctor, filósofo, poeta, ávido lector y autor anónimo de cuentos fugaces al viento. Alegre degustador de puros, vinos, rones, whiskies y brandis; todo a su propio ritmo y compás y cuando se presentaba la ocasión justa (que en realidad, para don Carlos, nunca hubo una injusta). Además de soltero profesional, pero muy lejos de estar solo cuando él quería.
- “Entonces”, dijo el fiscal Tobías, “Díganos, que fue lo que pasó!”.
Don Jacinto se quedó un momento pensativo, como quien quiere a última hora ordenar los eventos en el tiempo y el espacio, y; después, ésto fue lo que dijo, según rola en el expediente:
“Esa tarde me mandó a llamar don Carlos con su chofer para que llegara a su casa a las siete de la noche. Me dijo el chofer, que don Carlos quería que llegara exactamente a esa hora, ni un minuto más temprano. Eso me extrañó un poco, pero no le di mayor importancia.
A las seis y veinticuatro llegué a mi casa, vi el reloj de la sala cuando llegué. Mi mujer estaba en la cocina y me preguntó si me había encontrado el chofer de don Carlos y le dije que sí y que tenía que salir. Subí a mi dormitorio a cambiarme de ropa. Bajé y mi mujer me había servido la cena en el comedor, le dije que no tenía hambre y que comería algo, mas tarde.
Me senté en la sala y vi en el reloj que eran las seis y treinta y dos. La casa de don Carlos está a solo tres cuadras de la mía y, aunque nunca había calculado el tiempo que me toma caminar hasta su casa, supuse que bien podría salir a las seis y cincuenta y estaría en su puerta a las siete en punto. Encontré una caja de cigarrillos en la mesa de la sala; tomé uno y lo encendí. A las seis y cincuenta salí de mi casa.
Llegué a la casa de don Carlos en lo que yo calculé que eran las siete en punto; mi reloj de pulsera estaba en la relojería de don Armando Tellería para cambiarle la carátula que estaba quebrada.
(Don Armando, quien se sentaba en la penúltima fila de la sala, asintió con un gesto instintivo una respuesta cortés).
Toqué la puerta de entrada a la casa y ésta se abrió un poco, lentamente. La empujé despacio y vi que todo adentro estaba oscuro. Solo una, de las dos lámparas de pared del recibidor, estaba encendida. Había una luz bajo la puerta de la biblioteca que queda a la derecha del recibidor.
Entré. Llamé a don Carlos desde el recibidor. No hubo respuesta. No había ningún empleado, pero eso era normal. A don Carlos no le gustaba que los empleados durmieran en su casa, para no dormir solo a gusto.
Llegué hasta la puerta de la biblioteca y toqué, tampoco hubo respuesta. El viento tiró la puerta de la entrada que había dejado entreabierta y me asustó. Toqué una vez más, pero igual no hubo respuesta, así que abrí la puerta lentamente.
Vi a don Carlos sentado en un sillón de terciopelo rojo, con la cabeza hundida en su pecho. Miré en toda la habitación y detrás de mí rápidamente; no había nadie.
Me acerqué. Había un puro encendido en el cenicero y un vaso con lo que ahora creo que era whisky en la mesita redonda a su derecha. El hielo giraba despacio.
Pensé lo peor, y estaba en lo cierto. A la izquierda, sobre el borde de la alfombra, casi en el piso de madera, estaba su pistola. Fue entonces cuando noté el olor a pólvora y sarro y vi las salpicaduras de sangre en la sombra de la lámpara de la mesita. Miré hacia arriba y también vi manchas de sangre en la madera del cielo falso. Había una nota en la mesita, al lado del vaso”.
Don Jacinto terminó su relato. Se escuchaba en toda la sala un silencio absoluto.
- “¿Entonces?... ¿Que decía la nota?”, preguntó exaltado el fiscal Tobías.
Después de un momento, en voz baja y con la mirada al suelo dijo don Jacinto, y todos (menos don Jerónimo); hasta las moscas que se frotaban con angustia las manos en el borde de la taza de café del Juez, lo escucharon.
- “Viví la vida que quise, morí cuando fue preciso.”. Y luego continuó…“Hasta el punto final escribió”, dijo.
- “Pero la policía no encontró ni nota, ni pistola!” reclamó el fiscal Tobías.
- “La pistola de don Carlos era de plata…” contestó pausadamente don Jacinto, y; levantando la mirada directamente a su Torquemada, continuó “…con mango de marfil”.